La ética y el joven político

04/01/2014 — Deja un comentario

Por Andiel Galván

Este primer artículo del año busca aportar un granito de arena a la reflexión de las y los jóvenes que se inician en la política partidista, o que les atrae la idea, pero titubean porque lo que ven no les convence. Qué fácil se claudica ante el “siempre se ha hecho así, y tú que acabas de llegar no lo vas a cambiar”. ¿Hasta qué punto el “bajar líneas” afecta la capacidad de deliberación y desarrollo de la creatividad para resolver problemas de los políticos jóvenes?
El sociólogo alemán Max Weber, estudioso de los nexos entre el individuo y su vocación por la política y la ciencia, propuso dos máximas a las cuales se pueden ajustar las acciones éticamente orientadas de los políticos: la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Ya que para nuevos y viejos la ética en la política es un tema casi tabú, pese a que los dilemas éticos están a la orden del día en esta profesión, los elementos expuestos en “El Político y el Científico” (1919) ilustran.

“Cuando las acciones de una acción conforme a la ética de la convicción son malas, quien la ejecutó no se siente responsable de ellas, sino que responsabiliza al mundo, a la estupidez de los hombres o a la voluntad de Dios que los hizo así.” Weber ejemplifica a través de un sindicalista que sabe que mediante otra protesta incrementará la opresión de su clase y se dificultará aun más la posibilidad de obtener nuevas reivindicaciones.

Mientras que “quien actúa conforme a una ética de la responsabilidad, por el contrario, toma en cuenta todos los defectos del hombre medio.” En lugar de hacer como aquel hombre de Fe que sólo se conforma con obrar “bien” y deja el resultado en las manos de Dios, el individuo tendría en cuenta las consecuencias de sus acciones, y si cumplen con el propósito inicial.

Cuando el joven se inicia en la política lo primero que le preguntan es a qué grupo pertenece o con quién está. Ni por asomo le cuestionan sobre lo que piensa de la democracia en el país o dentro del partido, o sobre sus motivaciones intrínsecas que lo llevan a “ensuciarse las manos” en el fango de la política. Al revés, hay que dejarle bien claro que el nuevo es un “pino”, y como tal se tiene que adaptar a lo que digan los “robles”, sobre todo en estructuras políticas donde la antigüedad es un rango. Es ahí cuando más vale ser leal únicamente a los principios, luego al partido que mejor encarne esos valores, y finalmente a personas dentro de esa organización.

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