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Por Andiel Galván

La “excepción cultural francesa” se refiere a un conjunto de leyes y regulaciones para proteger el sector cultural y la creación artística que existe en este país desde hace décadas. En las negociaciones para el tratado de libre comercio entre Estados Unidos de América y la Unión Europea, el tema ha generado polémicas entre los Estados europeos. Pues en comercio internacional, este régimen de excepción no es más que un mecanismo proteccionista convencional de la producción cultural nacional.

El propósito es evitar que la cultura no se constituya en un producto cualquiera y se someta a la lógica del mercado. Pero la mayor crítica que ha recibido la excepción cultural es la pesada carga financiera que representa sobre el Estado. Por ejemplo, las ayudas estatales que recibe el cine francés se acercan a los 800 millones de euros por año entre subvenciones y exoneraciones para estimular el crecimiento de la industria, y evitar que se instaure el dominio de Hollywood en las carteleras.

En 2012, se realizaron 279 largometrajes, con un presupuesto promedio por película de 4.7 millones de euros, según el Centro Nacional de Cine e Imagen en Movimiento (CNC). Este organismo público rector del sector se financia a partir de impuestos a las empresas de telecomunicaciones, los canales de televisión, las cadenas de salas de cine y de una parte de la taquilla que pagan los espectadores.

Otra crítica a la excepción cultural, sustentada por el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, razona que las culturas no necesitan ser protegidas por los gobiernos, sino que deben permanecer en constante contacto con otras culturas que las renueven y enriquezcan. “La amenaza contra Flaubert y Debussy no viene de los dinosaurios de Jurassic Park, pero sí del grupo de demagogos y chauvinistas que hablan de la cultura francesa como si se tratara de una momia que no puede salir de su habitación, porque al exponerse al aire fresco, se desintegraría”. (1993)

La inversión en cultura reditúa. Si bien por sí misma no explica el éxito turístico de Francia, sería interesante analizar el rol de la política cultural en la estrategia-país que atrae cerca de 80 millones de extranjeros cada año, y que lo hace el mayor país receptor del mundo. El mercado del cine francés es tercero en ventas de taquillas, después de Estados Unidos e India, y en rentabilidad detrás de Estados Unidos y Japón. Pero más importante aún son los beneficios sociales de estimular la creación de arte y facilitar el acceso a la cultura de la población.

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